Por: Ivonne Reyes
Un legado de resistencia que nos impide detenernos
“Yo nunca vi a mi abuela descansando.”
“Mi mamá siempre fue fuerte, nunca se quejó.”
“Las mujeres de antes sí eran fuertes, sabían salir adelante.”
Durante generaciones, el descanso femenino ha sido visto como un lujo, no como un derecho. Nos enseñaron que detenerse es una señal de debilidad, que una mujer fuerte es aquella que no necesita pausas. Pero ¿qué tan arraigada está esta creencia en nuestra sociedad?

Contenido
Las cifras detrás de la culpa por descansar
- El 70% de las mujeres sienten que el descanso debe “merecerse”, como si fuera una recompensa y no una necesidad.
- El 56% de las mujeres en México reportan sentirse agotadas física y mentalmente, pero solo el 30% busca ayuda profesional.
- Los trastornos de ansiedad y depresión en mujeres han aumentado un 15.4% desde 2019, en gran parte debido a la sobrecarga de responsabilidades.

El descanso femenino a lo largo de la historia
A lo largo de los siglos, el descanso de la mujer ha estado condicionado por su papel social. Y aunque hemos avanzado, esta herencia sigue pesando: la mujer moderna aún batalla con la misma culpa que cargaron sus antecesoras.
La idea de que el descanso debía estar ligado a la productividad o la estética ha sido una constante en distintas épocas:
- Antiguo Egipto: Las mujeres practicaban rituales de belleza y relajación, pero siempre ligados a la fertilidad y la estética.
- Imperio Romano: Las mujeres patricias (esposas de las familias aristocráticas) tenían acceso a baños termales, pero las plebeyas apenas podían permitirse momentos de descanso.
- Japón feudal: La meditación y el arte del kintsugi eran formas de autocuidado emocional, pero el deber hacia la familia limitaba el tiempo personal.
- Siglo XIX: La medicina consideraba el agotamiento femenino como “histeria”, en lugar de reconocer la sobrecarga física y emocional.
- Siglo XX: La mujer comenzó a incorporarse al mercado laboral, pero sin que se redujeran sus responsabilidades domésticas, lo que generó una doble carga de trabajo.
- Actualidad: Aunque el autocuidado ha ganado espacio, sigue existiendo la presión de ser productivas incluso en el descanso.

El descanso como deuda generacional
Cada vez que escuchamos frases como “las mujeres de antes sí eran fuertes”, estamos reforzando la idea de que el descanso es una debilidad. Nos comparamos con nuestras abuelas, con nuestras madres, con nuestras hermanas que han resistido a su manera, y sentimos que, si no seguimos ese modelo, estamos fallando.
Pero la verdadera fortaleza no está en la falta de descanso, sino en reconocer que también merecemos cuidarnos.

Según el estudio “Ser mujer, sentirse culpable”, publicado en la Revista de la Asociación Española de Neuropsiquiatría, la construcción social del sacrificio femenino ha generado un patrón de ansiedad y autocensura en múltiples generaciones.
El análisis detalla cómo la cultura patriarcal ha perpetuado la idea de que las mujeres deben priorizar el bienestar de los demás antes que el propio, reforzando la culpa al momento de decidir tomarse un descanso.
Cómo trabajar la culpa del descanso
Terapias recomendadas
- Terapia de Aceptación y Compromiso (ACT): Se enfoca en aceptar nuestras emociones sin juzgarlas y comprometerse con acciones alineadas a nuestros valores.
- Terapia Cognitivo-Conductual (TCC): Ayuda a identificar pensamientos automáticos sobre la culpa y reemplazarlos con creencias más saludables.
- Psicoterapia centrada en la autocompasión: Trabaja en la idea de que el descanso no es un lujo, sino una necesidad legítima.
El estudio “Sueño y descanso en mujeres estudiantes del área de la salud”, de la Universidad de Guanajuato, destaca cómo la privación del descanso afecta la memoria, la toma de decisiones y el bienestar emocional. Los resultados reflejan que, en contextos de presión académica y laboral, el descanso suele ser visto como una pérdida de tiempo, cuando en realidad es esencial para la estabilidad emocional.

Ejercicios prácticos para resignificar el descanso
- Diario de emociones – Llevar un registro de los momentos en que sentimos culpa por descansar y reflexionar sobre su origen.
- Visualización de valores – Imaginar cómo sería nuestra vida si actuáramos siempre de acuerdo con nuestros valores, sin culpa.
- Práctica de mindfulness – Realizar ejercicios de atención plena para observar la culpa sin juzgarla.
- Ejercicio de la silla vacía – Hablar con nuestro “yo del pasado” para entender por qué hemos cargado con esta culpa y cómo podemos liberarnos de ella.
- Reescribir la narrativa – Cada vez que sintamos culpa, preguntarnos ¿de dónde viene esta creencia? y reemplazarla con una afirmación más saludable.
El impacto en la vida familiar
La culpa por descansar no solo nos afecta individualmente, sino que también influye en nuestra dinámica familiar. Cuando una mujer se siente culpable por tomarse un respiro, es probable que sus hijos y pareja también internalicen la idea de que el descanso es algo que debe justificarse.

Para cambiar esto:
- Normalizar el descanso en casa – Hablar abiertamente sobre la importancia de los momentos de pausa.
- Incluir el autocuidado en la rutina familiar – Mostrar que el descanso es parte de una vida equilibrada.
- Romper con la comparación generacional – Evitar frases como “antes las mujeres sí eran fuertes”, que refuerzan la idea de que descansar es una debilidad.
¿Cuándo fue la última vez que descansaste sin culpa?
Si aún no puedes responder, quizá sea momento de empezar a cambiar la historia.
El descanso no es una concesión, ni una prueba de carácter. Es simplemente eso: un espacio para respirar, para escucharnos, para existir sin tener que demostrar nada.
Cuando logremos verlo, entonces el descanso dejará de ser una deuda pendiente y empezará a ser lo que siempre debió ser: un derecho.






