En las aguas de Cozumel, lejos de la rutina turística y bajo condiciones que simulan escenarios hostiles, un grupo selecto de la Guardia Nacional se somete a un adiestramiento que roza los límites del combate moderno: inmersiones tácticas, inserciones aéreas y maniobras de extracción en mar abierto que los prepara para operar donde pocos pueden.
Se trata de elementos de Fuerzas Especiales de la Guardia Nacional, quienes avanzan en la fase más exigente de un curso de buceo de combate diseñado por instructores del Cuerpo de Fuerzas Especiales del Ejército Mexicano. No es entrenamiento convencional: aquí cada movimiento está pensado para escenarios reales de guerra, rescate o incursión en zonas de alto riesgo.


El general brigadier de Estado Mayor, José Benito Romero Libano, comandante del Cuerpo de Fuerzas Especiales, supervisó personalmente el adiestramiento del personal de Guardia Nacional, durante su paso por el Subcentro de Adiestramiento de Buceo.
La segunda etapa del curso —que se extiende por diez semanas— se desarrolla en mar abierto, donde la complejidad aumenta de forma drástica. Uno de los ejercicios clave consiste en saltos desde helicóptero directamente al mar, frente al Puerto de Abrigo. Desde el aire, los elementos se lanzan al agua con precisión milimétrica, cargando equipo especializado que elimina cualquier margen de error.



Ya bajo la superficie, el sigilo es ley. Utilizan sistemas de circuito cerrado, tecnología que recicla el oxígeno y elimina la liberación de burbujas, una ventaja táctica crucial para evitar ser detectados en operaciones encubiertas. Este tipo de inmersión no solo exige resistencia física, sino control mental absoluto, ya que cualquier fallo puede comprometer toda la misión.
Pero la operación no termina en el agua. En otra fase crítica, los elementos ejecutan maniobras de izado: son enganchados a un helicóptero mediante arneses y extraídos directamente desde el mar, elevándose varios metros en cuestión de segundos. La escena es propia de un operativo bélico: cuerpos suspendidos en el aire, equipo táctico asegurado y coordinación precisa para sacarlos de zonas consideradas inaccesibles o bajo amenaza.
El objetivo es claro: formar unidades capaces de infiltrarse, operar y evacuar en condiciones extremas. Estas capacidades no solo están pensadas para escenarios de combate, sino también para intervenciones en desastres naturales, donde la búsqueda y rescate en cuerpos de agua puede marcar la diferencia entre la vida y la muerte.


El camino hasta este punto no ha sido improvisado. La primera fase del curso se llevó a cabo en instalaciones en el centro del país, donde los aspirantes enfrentaron pruebas en aguas confinadas. Ahí dominaron técnicas básicas como apnea en largas distancias, control de respiración y saltos desde alturas de hasta diez metros, sentando las bases para el nivel de exigencia que ahora enfrentan en el Caribe.
Detrás de este entrenamiento está una estructura especializada que articula múltiples unidades de élite, incluyendo batallones de fuerzas especiales y centros de adiestramiento dedicados exclusivamente a perfeccionar técnicas de combate y rescate. La apuesta es clara: consolidar un perfil operativo capaz de responder tanto en escenarios de guerra como en emergencias de gran escala.

En Cozumel, cada inmersión, cada salto y cada extracción no es solo parte de un curso: es un ensayo real de operaciones que, llegado el momento, podrían ejecutarse en condiciones críticas. Aquí no hay margen para la improvisación. Solo disciplina, técnica y una preparación que apunta directamente al terreno donde se define todo: el de las misiones de alto riesgo.



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