Más allá del “vandalismo”, la intervención de monumentos durante el Día Internacional de la Mujer responde a una necesidad política de visibilizar la violencia sistémica frente a la importancia que el Estado otorga a las piedras.
En cada conmemoración del 8 de marzo (8M), las imágenes de monumentos pintados, vidrios rotos y vallas intervenidas inundan las redes sociales, detonando un debate feroz. Para un sector de la sociedad, se trata de actos vandálicos; para el movimiento feminista, es iconoclasia: una herramienta de protesta que busca destruir símbolos de un sistema que, aseguran, protege más al patrimonio histórico que la vida de las mujeres.

La molestia que generan las críticas hacia estas acciones es uno de los puntos más álgidos de la marcha. Las manifestantes sostienen que la indignación social por un monumento “dañado” suele ser más inmediata y ruidosa que la indignación por los 10 feminicidios diarios que ocurren en México, lo que convierte a la iconoclasia en un espejo que devuelve a la sociedad sus propias prioridades.
¿Qué es la iconoclasia y cuál es su sentido político?
Históricamente, la iconoclasia se define como la destrucción o intervención de símbolos, imágenes o monumentos con fines ideológicos. No es un fenómeno nuevo ni exclusivo del feminismo; ha ocurrido en revoluciones religiosas, políticas y sociales a lo largo de los siglos.
En el contexto del 8M, intervenir un monumento no es un acto al azar. Según especialistas y colectivas, se trata de una “reapropiación del espacio público”. Al pintar consignas sobre estatuas de próceres o edificios gubernamentales, las mujeres transforman un símbolo de la narrativa oficial en un recordatorio de las deudas del Estado en materia de seguridad y justicia.

Por qué las críticas a la iconoclasia generan mayor enojo en la marcha
El conflicto principal no es el grafiti en sí, sino la respuesta del entorno. Las manifestantes señalan una hipocresía social: el mismo sistema que guarda silencio ante la desaparición de una mujer, moviliza cuadrillas de limpieza inmediatas para borrar el rastro de la protesta en menos de 24 horas.
Esta reacción del Estado refuerza el mensaje de las consignas más famosas: “Quisiera ser monumento para que te indignes si me tocan”. Para las colectivas, priorizar la estética urbana sobre la integridad física de las ciudadanas es una forma de violencia institucional que solo aviva el fuego de la protesta radical.
El debate entre patrimonio y vida
Aunque el Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) y otros sectores defienden el valor artístico e histórico de los sitios intervenidos, el feminismo propone una jerarquía distinta. El argumento es contundente: el patrimonio se puede restaurar, una vida no.
Mientras la sociedad continúe debatiendo la forma (la pintura en el muro) antes que el fondo (la violencia de género), la iconoclasia seguirá siendo el lenguaje de quienes sienten que ya no tienen nada que perder. En este 8 de marzo, los muros volverán a hablar, recordándonos que las paredes se limpian, pero las ausencias permanecen.
Puedes leer: Senado avala declarar el 9 de marzo como Día Nacional Sin Nosotras para visibilizar lucha contra violencia de género
Con información de Infobae






Sé el primero en comentar post