México duerme mal. Muy mal. Y no es una exageración: es una crisis silenciosa que afecta a millones de personas y que, en el marco del Día Mundial del Sueño que se conmemora este 14 de marzo, merece una reflexión profunda sobre el estilo de vida que hemos adoptado como sociedad.
En un país donde las jornadas laborales se alargan, el tráfico roba horas al día y el estrés se ha normalizado como parte de la rutina, dormir se ha convertido en un lujo que pocos pueden darse.
Pero las consecuencias de esta privación voluntaria o impuesta del sueño comienzan a pasar factura.
Contenido
La paradoja mexicana: trabajar más, descansar menos
México es uno de los países de la OCDE donde más horas se trabaja al año. Sin embargo, también es uno de los países con menores niveles de productividad. La ecuación no cuadra, y los especialistas señalan que el déficit de sueño tiene mucho que ver con este fenómeno.
“Vivimos en una cultura que confunde el estar ocupado con ser productivo, y que ve el descanso como una pérdida de tiempo”, explica Alejandro Molina, neurólogo especializado en medicina del sueño del Instituto Nacional de Neurología y Neurocirugía.

“Pero el cerebro no funciona así. Necesita dormir para procesar información, consolidar recuerdos y recuperarse. Cuando no lo hacemos, trabajamos peor, tomamos decisiones más riesgosas y nos enfermamos más”.
Una sociedad somnolienta
Los efectos de la falta de sueño se ven a diario en las calles, las oficinas y las aulas. Conductores que se quedan dormidos al volante, estudiantes que no logran concentrarse en clases, trabajadores que recurren al café y a las bebidas energéticas para sobrellevar la jornada.
“El cansancio crónico se ha normalizado”, lamenta Molina.
“La gente ya ni siquiera se da cuenta de que vive con sueño. Creen que es normal despertarse cansado, necesitar café para arrancar el día o tener sueño a media mañana. No lo es”.
Tecnología: el enemigo en la habitación
Uno de los principales enemigos del sueño en el México contemporáneo está en la mesita de noche. El uso de teléfonos inteligentes, tabletas y computadoras antes de dormir ha alterado los ritmos circadianos de millones de personas.
“La luz azul de las pantallas engaña al cerebro y le dice que todavía es de día”, explica la psicóloga Claudia Revueltas, especialista en trastornos del sueño.

“La melatonina, que es la hormona que nos ayuda a conciliar el sueño, se suprime.
El resultado es que nos quedamos horas viendo videos o redes sociales sin darnos cuenta, y cuando finalmente apagamos el teléfono, el cerebro ya perdió la ventana para dormir”.
El sueño como acto de rebeldía
En este contexto, dormir bien se ha convertido casi en un acto de rebeldía contra un sistema que exige estar siempre disponible, siempre productivo, siempre conectado.
“Dormir no es para flojos. Dormir es para inteligentes”, sentencia Revueltas. “Las personas que duermen bien toman mejores decisiones, son más creativas, tienen mejor humor y viven más años. Deberíamos ver el sueño como una inversión, no como un gasto”.
¿Qué podemos hacer?
Los especialistas coinciden en que, más allá de las políticas públicas, el cambio debe comenzar a nivel individual y familiar.
Algunas recomendaciones prácticas incluyen:
· Desconectarse al menos una hora antes de dormir. Dejar el teléfono fuera de la habitación es el primer paso.
· Mantener horarios regulares, incluso los fines de semana. El cuerpo necesita rutina.
· Crear un ambiente propicio para el descanso: oscuro, fresco y silencioso.
· Escuchar al cuerpo: si hay sueño, hay que dormir. No ignorar las señales.
Un llamado a valorar el descanso
Este Día Mundial del Sueño, más allá de las estadísticas y los diagnósticos, la invitación es simple pero profunda: recordar que dormir no es un lujo, sino una necesidad. Que descansar no es perder el tiempo, sino ganar calidad de vida.
También te puede interesar: Ya no sorprende. Otra vez Del Valle involucrado en un accidente en Cancún






Sé el primero en comentar post