Jaime salía de trabajar como cualquier otro día. Antes de llegar a casa, tomó su teléfono y le marcó a su abuelita para avisarle que ya iba en camino. Era algo que siempre hacía, una costumbre sencilla, pero llena de amor. Sin embargo, esta vez ella no contestó… y eso no era normal.
En casa solo estaban ellos dos. Desde que Jaime tenía 8 años, Doña Lourdes había sido todo para él. Después de la pérdida de su madre y su abuelo, fue ella quien se quedó, quien lo cuidó, quien lo enseñó a seguir adelante incluso cuando la vida parecía desmoronarse. Por eso, el silencio al otro lado de la llamada le empezó a inquietar.
Al acercarse a su calle, algo no encajaba. Había patrullas, luces encendidas y varios vecinos reunidos. El ambiente se sentía pesado. Y entonces lo vio… una persona cubierta en el suelo. Su corazón se aceleró. Sin pensar demasiado, corrió hacia su casa. Abrió la puerta con desesperación y comenzó a buscarla.
—¿Abuela?
No hubo respuesta. El silencio dentro de la casa se sintió más fuerte que cualquier ruido afuera. Y en ese momento, desde la calle, una voz rompió todo:

—¡JAIME! ¡SAL RÁPIDO! ¡ATROPELLARON A TU ABUELITA!
Fue como si el tiempo se detuviera. Jaime salió corriendo, con el alma hecha pedazos, sin querer aceptar lo que en el fondo ya sabía. Aquella persona cubierta… era ella. Intentó acercarse, pero los policías lo detuvieron. No querían que la viera así, no querían que esa fuera la última imagen que guardara de quien había sido su mundo entero. Pero él no dejaba de gritar, desesperado, luchando por soltarse.
—¡DÉJENME PASAR! ¡DÉJENME ABRAZARLA! ¡ES LA ÚNICA PERSONA QUE TENGO!
Las personas alrededor no pudieron contener el llanto. La escena era demasiado dolorosa. Incluso el policía que lo sostenía tenía los ojos llenos de lágrimas.

Entre murmullos, se decía que un joven la había atropellado. Que iba en estado inconveniente. Que no se detuvo. Que huyó… dejándola ahí, como si su vida no importara. Pero para Jaime… lo era todo.
En medio de esa tragedia, hubo un detalle que terminó de romper a todos. En la mano de Doña Lourdes había algo que no soltó ni en sus últimos momentos: unas galletas. Eran las favoritas de Jaime.
Había salido solo para eso. Para esperarlo como siempre, para recibirlo con ese pequeño gesto que decía tanto sin necesidad de palabras. Pero esta vez… no logró volver a casa. Y Jaime… ya nunca podrá recibirlas.
Sigue leyendo: Dictan prisión preventiva a Alberto del Río ‘El Patrón’ por violencia familiar en San Luis Potosí
Iformación basada en Zona de Eventos QR



Sé el primero en comentar post