En la era digital, los actos de violencia no solo se presencian: se comparten, se viralizan y, en muchos casos, se celebran en redes sociales. El término “Happy Slapping”, acuñado en España, describe la tendencia de grabar una agresión y difundirla en plataformas digitales con el fin de obtener “likes” y seguidores. Lamentablemente, México no es ajeno a este fenómeno; el año comenzó con diversos hechos que ejemplifican cómo la violencia puede convertirse en un siniestro espectáculo virtual.
Uno de los casos más sonados fue el de una youtuber que apuñaló a la pareja de su ex y, mientras cometía el crimen, lo transmitía en vivo. Más allá del horror del acto, lo que sorprende es el incremento de audiencia, los comentarios de aprobación y la suma de nuevos seguidores, como si el suceso violento hubiera detonado una especie de morbo colectivo.
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Violencia validada por likes
Muchos se preguntan cómo es posible que una escena de crueldad genere empatía o aprobación. La psicología social y la psicología clínica ofrecen pistas al respecto: existe un inconsciente colectivo con predisposiciones a desarrollar trastornos, y la sobreexposición a contenido violento puede actuar como detonante para quienes ya tienen alguna comorbilidad psicológica.
En la psicología normal, se considera neurótico a quien canaliza sus frustraciones a través de fantasías o pensamientos, mientras que el psicótico las manifiesta por medio de acciones violentas. Al consumir este tipo de contenido en redes, la audiencia —en particular la más vulnerable— corre el riesgo de desensibilizarse y, con ello, normalizar o incluso replicar comportamientos agresivos.
Desensibilización y riesgos para la salud mental
El cerebro, en su función básica de supervivencia, no siempre distingue entre la realidad y la ficción. Por eso reaccionamos con susto en una película de terror, aun sabiendo que es ficticia. Cuando presenciamos un acto de violencia real en línea, se activa nuestro sistema de alerta: “ataque o huida”. Las personas con neurosis y predisposición a trastornos psicóticos, como esquizofrenia, trastorno límite de la personalidad o bipolaridad, pueden detonar un brote psicótico al enfrentarse repetidamente a este tipo de estímulos.
La consecuencia es alarmante: se corre el riesgo de aumentar la tasa de asesinos seriales o actos violentos repentinos, así como el número de personas con trastornos originados por un brote psicótico. Películas como Un día de furia retratan cómo un individuo aparentemente “normal” puede estallar tras un cúmulo de frustraciones y estímulos negativos.
El scrolling y el doomscrolling: adicción digital
La tecnología agrava el problema con prácticas como el “scrolling” y el “doomscrolling”. El primero se refiere a deslizar la pantalla de manera incesante, buscando la gratificación inmediata que ofrecen videos cortos o publicaciones virales. En niños y adolescentes, cuya corteza prefrontal todavía está en desarrollo, esta dinámica puede crear adicción casi de forma instantánea, generando estrés y ansiedad en adultos y propiciando, en los más jóvenes, un entorno que fomenta conductas impulsivas.
Por otro lado, el “doomscrolling” es la obsesión por consumir noticias negativas o angustiantes en redes sociales. Esto puede desencadenar agotamiento, ansiedad, insomnio e incluso fomentar el odio en línea. Durante la pandemia de COVID-19, muchas personas experimentaron crisis de ansiedad por sumergirse en un flujo constante de malas noticias.
El nuevo analfabetismo emocional
Vivimos en una época en la que la tecnología avanza más rápido que nuestra capacidad para regular emociones. El peligro se acrecienta cuando los usuarios carecen de recursos socioemocionales para procesar el morbo o la violencia que consumen. Surge así un nuevo tipo de analfabetismo: el analfabetismo emocional, caracterizado por la incapacidad de gestionar adecuadamente las reacciones que generan estos contenidos.
La importancia de la educación y la prevención
Para frenar este fenómeno, se requiere mayor vigilancia en el uso de dispositivos y redes sociales, especialmente en menores de edad. Urge una formación educativa que promueva la gestión de emociones, las relaciones interpersonales sanas y la responsabilidad digital. En un entorno saturado de estímulos violentos, debemos recordar que un acto cruel no es digno de admiración, sino un indicador de que algo está fallando en la sociedad.
Es momento de replantearnos cómo consumimos la información y qué mensajes validamos con un simple clic. La violencia no puede ser un espectáculo para entretener, ni un recurso para la fama efímera. Entender el trasfondo psicológico y las repercusiones sociales de este fenómeno es el primer paso para combatirlo. En definitiva, si no queremos que los likes sigan alimentando el morbo y la violencia, debemos empezar por fomentar la educación emocional, la empatía y el respeto al otro, tanto en el mundo físico como en el digital.





